Entre costumbres familiares y gustos personales

Dependiendo del tipo de la familia serán, por supuesto, sus costumbres y tradiciones.

Por ejemplo, en mi casa, el tomar café no era para nada un estilo de vida. En cambio el tomar leche, vaya… todos, excepto yo, la tomaban a todas horas.

No sé por qué le tomé tirria a la leche, la cuestión es que desde muy pequeña la dejé de consumir y tomaba en su lugar agua u otro líquido.

No debo explicarte lo que esto originó en mi madre hasta hace algunos años.

Para ella, el hecho de que yo no consumiera leche y más siendo mujer, la estresaba mucho por aquello del calcio.

Incluso ahora que fui madre, su principal preocupación era que no me descalcificara.

La cuestión es que al parecer y según algunos estudios, el tomar leche es bueno hasta cierta edad.

Tomar leche materna durante nuestros primeros meses de nuestra infancia es importantísimo por todos los beneficios que otorga.

Después el salto a la leche de vaca, si bien es lo tradicional, no es necesario que continúe por siempre.

De hecho, últimamente se está observando que su consumo ya no es necesario en un adulto ni tampoco es lo recomendable.

Gracias a esto, logré disuadir y tranquilizar a mi madre de que yo estaba bien de salud, además porque me he hecho mis pruebas para analizar mi estado de calcio y afortunadamente todo va bien hasta ahora.

Como te decía, esto de que en casa todo mundo tomaba leche y no otra cosa, me mantuvo a raya en muchos sentidos.

Pasado el tiempo, ya en mi época adolescente, visitamos una casa donde el tema del café era cuestión de familia. El café era una bebida obligada para degustar en la mañana y después de la comida.

El aroma que impregnaba al ambiente con su olor característico me hizo transportarme, y como invitada, me ofrecieron una tacita de café.

Fue mi primer contacto entre el mundo aromático del café y yo y quedé prendida de su sabor.

Cuando regresamos a casa, pedí mi taza de café y vaya, me fue negada.

Así las cosas, en mi casa consideran al café como algo no apto para niños ni adolescentes. Tuve que esperar un buen rato para poder hacerme de mi taza de café, al menos una vez por semana.

La espera valió la pena. Poco a poco y gracias a que tuve buenos maestros en este fino arte de degustar una buena taza de café, es que puedo distinguir un buen café del que no lo es.

Ahora es mucho más sencillo tener acceso a esta bebida, de hecho existe toda una propuesta como barra de café, para que elijas el que mejor te agrade.

Desde un café americano hasta el expresso o pasando por todas esas variantes del latte, hoy los jóvenes han introducido esta bebida en su mundo social.

Ya no es una bebida únicamente para los adultos; ahora si en la “socialité” estás, significa que al menos visitarás un establecimiento de café, te reunirás con tus amigos o tu pareja en ese cafecito bohemio o en los más lujosos y selectos de la zona.

Hoy es tan normal y natural degustar esta bebida en sus polifacéticas presentaciones, que me agrada el pensar que he llevado esta costumbre a mi hogar en donde hasta la fecha cuando hago café, siento el calor de “hogar”.